
Durante años hemos hablado del papel del deporte en la construcción de ciudad. Hemos defendido que no basta con colocar canchas, ciclovías o senderos peatonales: hay que comprender cómo la gente usa esos espacios, por qué algunos se llenan y otros quedan desiertos, y qué factores sociales, culturales o económicos influyen en la manera en que nos movemos (o dejamos de movernos) por nuestras calles. Pero hoy, en plena era digital, ese «comprender» ya no puede prescindir de los datos. Vivimos un momento donde la capacidad para obtener, almacenar, procesar y, sobre todo, explotar datos, se está convirtiendo en una herramienta esencial en la gestión de los entornos urbanos. Y esto aplica de forma directa cuando aspiramos a generar entornos urbanos activos.
Un reciente estudio publicado en la conferencia DIS ’24 bajo el título Changing Perspective on Data in Designing for Active Environments aborda con claridad este cambio de paradigma. En él, los investigadores proponen un enfoque doble: una «lente individual», que se basa en datos generados por los propios usuarios y que permite comprender los hábitos, las motivaciones y los obstáculos personales en torno a la actividad física; y una «lente colectiva», que articula esos datos a escala agregada para identificar patrones, necesidades comunes y decisiones estratégicas de diseño urbano.
Este marco dual que proponen Van Renswouw y sus colegas, la lente individual y la lente colectiva, merece una atención especial, porque permite abordar la complejidad de los entornos activos desde dos escalas complementarias. La lente individual se enfoca en comprender la experiencia singular del ciudadano, apelando a metodologías propias del diseño empático y la interacción persona-tecnología: ¿cómo vive una persona su trayecto diario?, ¿qué barreras encuentra?, ¿qué le motiva o desincentiva a caminar, correr o pedalear? Esta lente requiere una aproximación casi artesanal, sensible, que combina los datos generados por el usuario con el conocimiento cualitativo. Por su parte, la lente colectiva traslada esa mirada micro a una escala sistémica: se trata de identificar patrones agregados, mapas de comportamiento, clústeres de uso, zonas de oportunidad o inequidad. Es el nivel en el que los datos dialogan con la planificación urbana, ofreciendo una base sólida para priorizar inversiones, rediseñar espacios o evaluar políticas públicas. Lo interesante es que ambas lentes no se excluyen, sino que se retroalimentan: lo colectivo necesita comprender lo individual para no volverse abstracto; lo individual requiere del contexto colectivo para no perder de vista la estructura en la que se inserta. Este juego entre escalas, entre lo empático y lo estratégico, es, a mi juicio, una de las claves para diseñar ciudades verdaderamente activas.
Este enfoque me resulta especialmente estimulante. Por un lado, porque refuerza la idea de que la ciudad activa no es un decorado donde simplemente se colocan objetos (bancos, árboles, pistas), sino un sistema vivo en el que las personas y sus datos juegan un papel central. Y por otro, porque nos obliga a repensar el diseño urbano no desde el plano maestro, sino desde el flujo dinámico de información que generan nuestras propias trayectorias cotidianas.
Los datos de movilidad activa, por ejemplo, recogidos mediante aplicaciones de deporte, sensores urbanos, o incluso redes sociales, ofrecen pistas valiosas sobre cómo se mueven realmente las personas. Y no se trata solo de «dónde» caminan o pedalean, sino también de «cuándo», «con qué frecuencia», «con quién», «por qué motivo» y «cómo se sienten al hacerlo». Esa riqueza contextual, si es bien interpretada, puede ayudarnos a diseñar espacios más empáticos, más humanos, más eficaces en la promoción de la salud urbana.
En este contexto, hemos decidido unirnos al proyecto DataActive, una iniciativa impulsada por el grupo GISDOR que busca precisamente eso: transformar nuestras ciudades en entornos más activos y saludables a partir de una mejor explotación de los datos. Esta red internacional, que reúne a investigadores, técnicos municipales, diseñadores y expertos en salud pública, se propone desarrollar metodologías colaborativas que permitan utilizar los datos de forma ética y eficaz en el diseño de ciudades más activas. Puedes conocer más del proyecto en gisdor.es/dataactive o leer su manifiesto inicial en su blog.
Nuestra participación en esta red se basa en una convicción firme: si queremos que el urbanismo de la actividad física no sea una mera moda ni una serie de ocurrencias estéticas, necesitamos datos. Pero no cualquier dato. Necesitamos datos que sirvan a las personas, que respeten su privacidad, que informen procesos de diseño con sensibilidad y rigor, que alimenten políticas públicas responsables.
No se trata de reemplazar la intuición del planificador urbano ni la experiencia del técnico deportivo por algoritmos. Se trata de complementar esa intuición con evidencias. De enriquecer la conversación entre disciplinas. De entender que los entornos activos no se improvisan: se diseñan, se evalúan, se ajustan. Y que para todo eso, los datos bien tratados son un aliado formidable.
A menudo se habla del «gobierno inteligente» de las ciudades como una entelequia tecnológica repleta de sensores y dashboards. Pero quizás una ciudad verdaderamente inteligente sea aquella que sabe escuchar a sus habitantes, que capta sus movimientos cotidianos como señales, que interpreta esas señales con empatía, y que responde con intervenciones simples, eficientes y justas. A veces basta con un banco bien colocado. O con eliminar un semáforo innecesario. O con permitir que un sendero informal se convierta en una ruta oficial.
Porque, al final, este no es un debate solo sobre sensores, algoritmos o plataformas digitales. Es, sobre todo, una conversación sobre cómo queremos vivir. Sobre qué tipo de ciudad nos gustaría habitar. Y sobre cómo podemos, colectivamente, construir entornos urbanos que inviten, sin imponer, a moverse más, a encontrarse más, a cuidarse más.
