
Ayer terminamos la última clase del curso “¿Cómo usar la IA en la gestión del deporte?” de la Universidad de Sevilla. Y, como sucede con los buenos cierres, no fue solo una clausura: fue también un comienzo. Una pausa para ordenar ideas y, sobre todo, para enfocar decisiones.
Decidimos terminar con el diseño de un roadmap de implantación de proyectos de inteligencia artificial porque es en ese punto donde la IA deja de ser novedad tecnológica y empieza a ser una cuestión organizativa. Una decisión de fondo, no un experimento puntual. A estas alturas del curso, el mensaje ha calado: saber usar IA no basta; lo importante es saber para qué usarla y cómo integrarla sin que se convierta en una moda más.
Durante semanas hemos explorado herramientas, generado contenidos, analizado datos, probado asistentes y agentes. Pero todo eso, sin una hoja de ruta, se queda en el terreno del «jugueteo tecnológico». Esta hoja de ruta es el puente entre la experimentación y la estrategia.
Vídeo resumen del post (3′)
La tecnología no es el problema
Un error común y frecuente en las organizaciones deportivas es comenzar por las herramientas: “¿Usamos ChatGPT o Gemini?”, “¿Automatizamos con Zapier o con Make?”… El foco se pone en el “con qué”. Pero esa no es la pregunta relevante.
Este roadmap obliga a un cambio incómodo pero necesario: antes que elegir herramientas, hay que preguntarse por el propósito. ¿Qué queremos resolver? ¿Qué impacto esperamos? ¿Estamos preparados para asumir ese cambio? Y si no lo estamos, ¿qué necesitamos para estarlo?
Aquí es donde la tecnología deja de ser protagonista y pasa a un segundo plano. Porque la conversación, de verdad, va de estrategia. Y eso, en las organizaciones deportivas suele costar.
De lo individual a lo estructural
En esta última sesión trabajamos con una idea que puede parecer sencilla, pero que cambia por completo el enfoque: no todas las aplicaciones de IA persiguen lo mismo ni tienen el mismo alcance.
Hay usos que mejoran la productividad individual: redactar informes, preparar presentaciones, automatizar tareas rutinarias. Son útiles, sí, pero no transforman. Luego hay intervenciones que inciden en los procesos organizativos: rediseñar flujos de trabajo, integrar sistemas, tomar decisiones con más información. Ahí ya hablamos de estructura. Y en un tercer nivel, aparece la innovación: nuevos servicios, nuevas formas de relacionarse con los usuarios, modelos de negocio que no existían antes.
El roadmap sirve precisamente para ordenar estos niveles, priorizar, y combinar lo inmediato con lo estratégico.
Escalar no es una consecuencia, es una decisión
Uno de los aprendizajes clave del curso ha sido desmontar la idea de que si algo funciona en pequeño, escalarlo es automático. En IA, rara vez lo es.
Escalar requiere decisiones explícitas sobre quién lidera, con qué datos se trabaja, qué riesgos se asumen, qué gobernanza se establece. Requiere inversión, pero sobre todo requiere criterio. Y ese criterio no siempre está presente en las organizaciones deportivas, donde la estructura suele ser frágil y muy dependiente de personas concretas.
Un proceso bien diseñado para la implantación hace visibles esas decisiones. Obliga a debatirlas. Y evita que el futuro de la IA dependa solo del entusiasmo puntual de una persona motivada.
Un roadmap no es un plan cerrado. Es una hipótesis de trabajo. Un marco para priorizar, identificar riesgos, detectar carencias y, sobre todo, alinear expectativas.
Solo el ejercicio de diseñarlo ya aporta valor. Y si además permite explicar con claridad, sin grandilocuencia ni promesas mágicas, por qué la IA puede tener sentido en una organización deportiva, entonces ya estamos en otro nivel.
De la formación a la acción
Cerrar el curso con esta herramienta fue muy consciente. Queríamos que cada participante saliera con algo útil, adaptable a su contexto, y duradero más allá de la herramienta de moda. Esta hoja de ruta cumple ese objetivo: no depende de marcas, no caduca con las actualizaciones, y puede evolucionar junto con la organización.
En un sector tan condicionado por la incertidumbre y los cambios rápidos, contar con una hoja de ruta, aunque no sea perfecta, marca la diferencia.
Lo dijimos en la primera clase y lo repetimos en la última: la IA es una palanca. Y como toda palanca, puede usarse bien o mal.
El roadmap es una buena manera de usarla bien. De evitar tanto la adopción acrítica como el rechazo por miedo. De construir, poco a poco, una adopción informada, gradual y con sentido.
Diseñar la hoja de ruta como cierre ha sido, en realidad, una invitación a abrir conversaciones nuevas. Menos centradas en herramientas, más centradas en decisiones. Menos en lo espectacular, más en lo útil. Menos en promesas, más en capacidades.
Si este curso ha sido valioso, y sinceramente creemos que lo ha sido, es porque ha puesto el foco ahí: en ayudar a pensar, no solo a hacer. Y en ese sentido, este roadmap no solo ha sido un buen cierre. Ha sido, probablemente, el mejor comienzo.
