
Ayer tuve la oportunidad de impartir un taller con AEISAD (Asociación Española de Investigación Social Aplicada al Deporte) y la experiencia me ha servido para confirmar que, a veces, los retos más interesantes surgen precisamente de nuestras propias reticencias. Cuando recibí la invitación para hablar sobre género y deporte en las ciudades, mi primera reacción fue de inseguridad. No soy un especialista en estudios de género, pero pronto comprendí que mi aportación no debía venir de la teoría pura, sino de la práctica profesional: de entender el género como ese eje transversal que atraviesa cada plano, cada diagnóstico y cada estrategia de planificación deportiva urbana que realizamos.
Las evidencias que nos encontramos en los análisis de campo y, muy especialmente, los proyectos participativos que desarrollamos han sido el motor de esta reflexión profunda. Al escuchar a las usuarias y observar cómo habitan el territorio, queda claro que las disparidades no son anécdotas, sino patrones estructurales que debemos integrar en cualquier diseño de ciudad activa. Estos procesos nos han obligado a ir un paso más allá en los análisis de planificación deportiva similar, transformando lo que antes eran «puntos negros» en el mapa en una comprensión mucho más rica de cómo se negocia el derecho a la ciudad.
En el bloque dedicado al espacio, Jane Jacobs ha sido el referente que ha guiado las ideas en este taller y en nuestros trabajos. Su defensa de la vitalidad urbana y de los «ojos de la calle» es, hoy más que nunca, la base para un urbanismo de los cuidados, seguro y funcional. También, por supuesto, para el deporte. Un espacio que no ofrece visibilidad, que no permite el «ver y ser visto» o que segrega los usos de forma rígida, es un espacio que acaba expulsando a las mujeres de la práctica deportiva al aire libre. Diseñar una ciudad para el deporte hoy implica recuperar esa escala humana de Jacobs donde la seguridad no viene de la vigilancia, sino de la convivencia y el flujo constante de personas.
Al analizar la dimensión de los tiempos, nos alejamos de la idea simplista del «tiempo libre» para adentrarnos en las investigaciones sobre los usos del tiempo en las ciudades. La realidad nos muestra que el tiempo no es un recurso distribuido de forma equitativa. Los ritmos de vida cotidiana, marcados por las cargas de cuidado y la fragmentación horaria, condicionan totalmente cuándo y cómo se puede ser activo. En lugar de horarios estancos en instalaciones cerradas, la ciudad debe aprender a ofrecer oportunidades de movimiento en esos intersticios temporales que las mujeres navegan a diario, reconociendo que la gestión del tiempo es, en esencia, una gestión de la desigualdad.
Esta mirada nos lleva directamente a la gobernanza y a la importancia crítica de la participación. No se trata solo de consultar, sino de localizar «sensaciones situadas» en la ciudad. Solo a través de las voces de quienes transitan los barrios podemos identificar dónde falla la percepción de seguridad o dónde el diseño físico está enviando un mensaje de exclusión. La gobernanza inclusiva en el deporte urbano exige reconocer que el conocimiento experto también reside en la experiencia cotidiana de las vecinas, cuyas sensaciones son datos tan reales como los metros cuadrados de pavimento.
Finalmente, abordamos la tecnología y las capacidades que los datos nos ofrecen para una planificación inclusiva. El concepto de deporte cyborg de Donna Haraway nos sirvió para ilustrar el deporte actual como un híbrido entre cuerpo y dispositivo, pero con una advertencia necesaria. Aunque las trazas digitales prometen una objetividad técnica, la realidad actual se adapta mucho más a lo que Haraway define como la informática de la dominación. Los datos que generamos (mapas de calor, rutas geolocalizadas) no son neutros; a menudo solo sirven para monitorizar y perfeccionar las jerarquías de siempre. El reto es hackear ese código y usar la tecnología para visibilizar lo que el urbanismo androcéntrico ha ocultado durante décadas.
Tuve que dedicar más tiempo del previsto a ordenar todas mis ideas, pero estoy muy agradecido a AEISAD por este estímulo, que me ha permitido ordenarlas y consolidar este enfoque de género no como un añadido, sino como la base necesaria para construir ciudades que no solo se muevan, sino que acojan.
Aquí una pasada rápida de la presentación del taller
