Cómo las plataformas digitales están transformando nuestra forma de movernos, entrenar y vivir el deporte en la ciudad contemporánea

Madrugas. Desde el móvil reservas una pista para la tarde, compras unas zapatillas que prometen llegar antes de que termine el día y, mientras tanto, ves en Instagram una rutina de ejercicios funcionales que quizá repitas en el parque. Todo eso antes de salir de casa. ¿Estamos haciendo deporte o participando en una coreografía digital?
La ciudad actual ya no puede comprenderse sin las plataformas que median nuestra vida diaria. Lo que parece eficiencia y conveniencia es también un cambio profundo en nuestras prácticas, nuestros espacios y nuestra forma de relacionarnos. El deporte, claro, no escapa a esta lógica.
Esta transformación —la digitalización creciente de lo urbano, lo que algunos ya llaman “plataformización”— es abordada en profundidad en una monografía de acceso libre: La ciudad de las plataformas. Transformación digital y reorganización social en el capitalismo urbano (Icaria, 2024). Coordinado por el sociólogo Jorge Sequera, este trabajo colectivo reúne a una serie de investigadores que analizan cómo las plataformas digitales están reconfigurando no solo nuestras rutinas individuales, sino también las dinámicas sociales y espaciales de nuestras ciudades.
Qué es (y cómo funciona) la ciudad de las plataformas
La ciudad de las plataformas es esa en la que casi todo —desde comer hasta desplazarse, relacionarse o hacer ejercicio— pasa por una mediación digital. Aplicaciones que prometen accesos rápidos, procesos simples, resultados inmediatos. Pero lo que simplifican por fuera, complejizan por dentro: reorganizan la economía, el espacio urbano, los vínculos humanos.
Este modelo híbrido entre lo físico y lo digital afecta también al deporte, que se redefine entre nuevas ofertas, nuevas demandas y nuevas formas de estar en el mundo.
Ya no es imprescindible un gimnasio físico. Hoy el deporte también vive en la pantalla. Plataformas como Urban Sports Club, Gympass o Trainingym ofrecen acceso flexible a centros y actividades. YouTube e Instagram son fuentes inagotables de entrenamientos. Strava o Garmin convierten la actividad en datos, registros y rankings sociales.
En este ecosistema digitalizado tu entrenadora puede estar en otro país, la pista es física, pero también una interfaz y tu compañero de entrenamiento quizá nunca te vea en persona.
Nuevas estéticas, nuevas dinámicas
La transformación no es solo digital: es también física. La ciudad se adapta —o se rinde— al deporte visible. Espacios públicos rediseñados, calles donde el running se mezcla con la conectividad, gimnasios equipados con sensores y pantallas. Algunas canchas ya no pueden usarse sin una app.
Y con ello, cambian también los cuerpos. Cuerpos moldeados para el espejo digital, entrenamientos pensados para compartirse antes que para disfrutarse. El deporte empieza a parecerse más a un contenido audiovisual que a una práctica personal o colectiva.
Pero no todos acceden con la misma facilidad. La brecha digital deja fuera a personas mayores, con menos recursos o menos familiarizadas con la tecnología. El acceso desigual no es nuevo, pero la digitalización lo amplifica. No basta con tener ganas de entrenar: hace falta conexión, conocimientos y medios.
Y mientras tanto, el trabajo deportivo se flexibiliza hasta volverse inestable. Muchos entrenadores operan por sesión, sin contratos, sometidos a evaluaciones constantes. Se impone una lógica de eficiencia que muchas veces olvida lo esencial: el vínculo humano. Hace tiempo lo vimos venir y un amigo lo denominó “el fenómeno GYM-MANTA”. También la dualidad MacJobs – McJobs.
¿Qué tipo de deporte y de ciudad queremos?
Cada vez que entrenamos con una app, que compartimos una carrera o seguimos un plan virtual, nos acercamos a un modelo de deporte condicionado por intereses tecnológicos y comerciales. Por eso es necesario preguntarse: ¿qué valores queremos preservar? ¿Qué espacio queda para lo público, lo comunitario, lo inclusivo?
Las plataformas pueden ofrecer soluciones, pero también riesgos. Frente a eso, el deporte debe seguir siendo un espacio de encuentro, improvisación y diversidad. No todo puede medirse en datos ni seguirse en tiempo real.
A pesar de todo, también hay iniciativas que proponen otros caminos: aplicaciones abiertas, proyectos que combinan tecnología con acceso justo. Espacios donde lo digital no reemplaza lo humano, sino que lo complementa.
Aquí hay una oportunidad política: repensar cómo integrar lo digital en el deporte público. Cómo usar la tecnología sin perder el sentido de comunidad.
Hoy el deporte urbano se encuentra en una tensión constante entre el clic y el cuerpo, entre el algoritmo y la experiencia vivida. La clave no está en rechazar la digitalización, pero sí en mantener una mirada crítica: saber cuándo ayuda, cuándo excluye y cuándo conviene pausar.
Porque el deporte —como la ciudad— no debería depender solo de una app o de un dispositivo. Debería seguir siendo espacio de libertad, de relación y de identidad.
