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Hace unos meses, un colega, jefe del servicio de deportes de una diputación, me habló del trabajo que estaban desarrollando en materia de actividad física y salud mental. Recuerdo su frase: “Juanma, en cuanto incorporamos la dimensión de la salud mental, se abre un abanico enorme de nuevos objetivos y modos de abordar las políticas deportivas”.
Esa idea la hemos trabajado en el Plan Estratégico del Deporte de Bilbao, hemos asumido esta realidad con determinación y la hemos convertido en política pública. El Plan no solo busca fomentar la actividad física, sino que la enmarca dentro de un enfoque más amplio que tiene en cuenta los determinantes sociales del bienestar. Porque no todas las personas pueden moverse con la misma libertad, y no todo el mundo tiene acceso a los beneficios psicológicos del deporte en igualdad de condiciones.
Aquí, la pregunta clave no es solo ¿cómo podemos hacer que la gente haga más deporte?, sino ¿cómo eliminamos las barreras que impiden que la gente se mueva y disfrute del bienestar físico y mental que el deporte puede proporcionar?
Los determinantes sociales de la actividad física y la salud
Si el ejercicio fuese solo una cuestión de voluntad individual, las tasas de actividad física serían homogéneas en todas las capas de la sociedad. Pero la realidad es que el entorno en el que vivimos determina enormemente cuánto, cómo y con qué frecuencia nos movemos.
Factores económicos: La falta de recursos condiciona el acceso a instalaciones deportivas, el equipamiento o incluso el tiempo libre para practicar deporte. Numerosos estudios revelan que las personas con menores ingresos tienen hasta un 40% menos de probabilidades de realizar ejercicio de forma regular.
Factores urbanos: La ciudad puede ser una aliada del movimiento o una barrera. Calles diseñadas para coches, falta de espacios seguros para caminar o zonas deportivas inaccesibles crean entornos hostiles al ejercicio.
Factores sociales y culturales: La percepción del deporte varía según el género, la edad o la cultura. Muchas mujeres, por ejemplo, se enfrentan a barreras invisibles como el acoso en espacios públicos, lo que limita su disposición a correr en parques o usar gimnasios al aire libre.
Factores laborales: Jornadas de trabajo largas, estrés y precariedad laboral dificultan la conciliación con la actividad física, convirtiendo el ejercicio en un lujo que no todas las personas pueden permitirse.
Con las programas del Plan Estratégico del Deporte de Bilbao, queremos desafiar esta desigualdad estructural con un enfoque que no solo promueva la actividad física, sino que la haga accesible para todas las personas, considerando los determinantes sociales que afectan su práctica.
El vínculo entre deporte y salud mental: ciencia, química y comunidad
El impacto del deporte en la salud mental está respaldado por una robusta evidencia científica. Cada vez que nos movemos, nuestro cerebro responde de manera positiva. La actividad física regular:
Cada vez que nos movemos, nuestro cerebro responde. Libera endorfinas, esas pequeñas dosis de euforia que nos hacen sentir bien. Aumenta la serotonina, el neurotransmisor que regula el estado de ánimo y nos protege contra la depresión. Activa el BDNF, una proteína que literalmente ayuda al cerebro a regenerarse y adaptarse.
Pero hay algo aún más poderoso: el sentimiento de comunidad. El deporte no solo actúa sobre nuestro cuerpo y nuestra mente, sino sobre nuestras relaciones, sobre el modo en que nos vinculamos con los demás. Entrenar en grupo, compartir un partido, sentir la pertenencia a un equipo… todo eso es, también, salud mental.
Estrategias concretas
El Plan Estratégico del Deporte de Bilbao ha traducido estas ideas en acciones concretas que buscan conectar el deporte con la salud mental de forma estructurada y efectiva. Contamos con un referente muy cercano: la Red de Salud Mental del Athletic Club que demuestra que la práctica del fútbol puede reducir el aislamiento y mejorar la adherencia a tratamientos psiquiátricos, funcionando como una herramienta terapéutica eficaz. Nos hemos inspirado también en modelos como Sport2Live en Baleares, que adapta la actividad física a distintas capacidades cognitivas y ha sido diseñado específicamente para el bienestar mental.
Para que estas iniciativas sean efectivas, es imprescindible que quienes las llevan a cabo cuenten con la preparación adecuada. Por eso, el plan apuesta por formar a técnicas y técnicos con conocimientos en salud mental. No basta con dominar la técnica o la táctica deportiva, sino que los quienes la diseñan y la dinamizan deben aprender a identificar señales de malestar psicológico y saber cómo acompañar a los deportistas en su bienestar emocional. La tarea del entrenador, de la entrenadora, deja de ser solo la de la preparación física para convertirse en un agente clave en la promoción del bienestar mental.
Además, el plan contempla la importancia de infraestructuras deportivas abiertas y su función terapéutica, espacios accesibles y pensados no solo para el rendimiento, sino también para el bienestar y la salud mental. Hemos analizado el modelo de ciudades como Barcelona, que han integrado en su urbanismo gimnasios al aire libre, zonas de relajación y espacios donde la actividad física no sea únicamente sinónimo de esfuerzo, sino también de descanso y equilibrio.
Otro aspecto fundamental es la necesidad de cambiar la conversación sobre salud mental en el deporte. Sigue existiendo cierto estigma en torno al bienestar psicológico, y para romperlo es clave visibilizar el impacto positivo del deporte en la salud emocional.
El desafío de transformar el modelo deportivo
Como todo cambio estructural, esta apuesta no está exenta de desafíos. Existen retos presupuestarios, ya que el deporte sigue viéndose —en muchos casos— como un sector menor dentro de las políticas de bienestar y todavía falta una asignación de recursos acorde con su impacto . También persisten barreras sociales, con estereotipos sobre qué significa «hacer deporte» y cómo debe enfocarse, lo que en ocasiones limita su potencial terapéutico. Por último, el éxito de esta estrategia depende en gran medida de la coordinación entre diferentes actores, ya que integrar el deporte en las políticas de salud pública exige la cooperación de ayuntamientos, clubes deportivos, asociaciones de salud mental y profesionales sanitarios.
Pero lo importante es que el camino está trazado. Porque si el deporte es salud, lo es en toda su dimensión: cuerpo y mente, esfuerzo y descanso, disciplina y disfrute. Y en esa visión más completa, más humana y más comprometida con el bienestar colectivo, Bilbao está marcando el ritmo.

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