Un polideportivo nunca está solo

Un equipamiento deportivo puede parecer una realidad bastante sencilla. Un edificio, unas pistas, algunos campos, vestuarios, accesos y aparcamientos. Se localiza en un mapa, se describe su estado y se contabilizan sus usuarios. Asunto resuelto. En realidad, apenas hemos empezado.

Estos días estoy en Santo Tirso, Portugal, trabajando en el futuro Plan Estratégico del Deporte. Hemos venido a realizar una investigación de campo para validar el análisis urbano de algunos de sus principales equipamientos y espacios deportivos. Esta vez, además, no he venido solo. Mi hija de 13 años me acompaña y ha participado en el análisis. No sé si aparecerá en los créditos del informe (deberíamos negociarlo), pero su presencia ha introducido una escala distinta en la observación: la de quien recorre la ciudad sin nuestras categorías profesionales ni nuestras ideas preconcebidas.

Un análisis de contexto urbano estudia cómo se relaciona un equipamiento con el territorio que lo rodea. No se limita a observar lo que ocurre dentro de la parcela. Analiza las calles que permiten llegar hasta ella, las barreras que dificultan el acceso, la relación con los barrios próximos, la presencia de centros educativos, comercios, parques o servicios públicos, la conexión con las redes peatonales y ciclistas y el papel que desempeñan elementos naturales como los ríos, las pendientes o las zonas verdes.

También presta atención a los flujos: por dónde llegan las personas, cómo se mueven, qué espacios utilizan para permanecer y qué puntos generan conflictos entre peatones, bicicletas y automóviles. Incorpora, además, cuestiones menos visibles en un inventario convencional: la percepción de seguridad, la calidad del espacio público, el ruido, la sombra, la continuidad de los recorridos o la identidad que un equipamiento aporta al lugar.

La cartografía nos permite representar buena parte de esas relaciones. Podemos analizar áreas de influencia, tiempos de acceso a pie, en bicicleta y en automóvil, densidades de población, usos del suelo, redes de transporte y distribución territorial de la oferta deportiva. Pero el mapa tiene límites. Una conexión que parece sencilla desde el ordenador puede convertirse sobre el terreno en una carretera incómoda de cruzar, una acera estrecha, un itinerario sin sombra o un acceso poco reconocible.

Por eso hemos venido a Santo Tirso. El trabajo de campo no sustituye al análisis cartográfico, pero lo somete a prueba. Permite comprobar si las conexiones existen de verdad, si las barreras identificadas son relevantes y si el funcionamiento cotidiano del espacio se corresponde con la imagen que ofrecen los datos.

El Complexo Desportivo Municipal, por ejemplo, no es solamente una concentración de instalaciones. Se encuentra en una zona de transición entre el núcleo urbano consolidado, las áreas comerciales y de servicios, el hospital, los centros educativos y el sistema de parques asociado al río Ave. Esa posición puede convertirlo en una centralidad vinculada no solo al deporte, sino también a la salud, la educación y el bienestar. Al mismo tiempo, la presencia de vías con tráfico intenso y grandes superficies de aparcamiento puede reforzar la dependencia del automóvil y debilitar algunas conexiones peatonales.

El Parque Desportivo Municipal Sara Moreira plantea otra relación territorial. Su ubicación en un meandro del Ave le proporciona una identidad paisajística muy marcada. Los campos deportivos conviven con el río, las zonas verdes, los recorridos peatonales y ciclistas y los espacios de ocio familiar. El análisis no consiste únicamente en describir esa buena localización. Lo relevante es entender cómo puede integrarse mejor en un corredor de actividad física, naturaleza y movilidad activa conectado con el resto de la ciudad.

Aquí aparece el verdadero valor de este tipo de trabajo. Una instalación puede estar cerca en kilómetros y resultar lejana para una persona mayor, un adolescente o alguien que no dispone de coche. Puede tener una buena dotación deportiva y, sin embargo, vivir de espaldas a un centro educativo situado a pocos minutos. También puede albergar actividades durante unas horas al día mientras sus espacios exteriores permanecen desconectados de la vida cotidiana del barrio.

La planificación deportiva municipal se ha apoyado con frecuencia en inventarios, ratios de superficie y comparaciones entre población y número de instalaciones. Son herramientas necesarias, pero insuficientes. Contar equipamientos no permite saber si forman una red, si son accesibles ni si ayudan a construir una ciudad más activa. Una colección de instalaciones no constituye por sí sola un sistema deportivo.

Incorporar estos análisis urbanos nos permite plantear propuestas más sólidas. Ayuda a identificar dónde existen déficits reales, qué equipamientos pueden compartir servicios, dónde conviene mejorar una conexión antes que construir una nueva instalación y qué espacios tienen capacidad para articular proyectos de salud, educación, movilidad, naturaleza o cohesión social. También reduce un riesgo bastante habitual: responder a cada problema con un equipamiento nuevo.

La participación de mi hija en estos recorridos me ha recordado, además, que la ciudad no es experimentada por todo el mundo de la misma manera. Los técnicos observamos redes, flujos, centralidades y áreas de influencia. Las personas viven trayectos cómodos o incómodos, lugares agradables o espacios que prefieren evitar. Ambas miradas son necesarias, pero la segunda es la que termina confirmando si la primera sirve para algo.

Planificar el deporte exige analizar instalaciones, servicios, programas, asociaciones y recursos. Pero también exige levantar la vista. Porque un polideportivo nunca está solo: forma parte de un barrio, de una red de caminos, de un paisaje y de la vida diaria de quienes lo utilizan o de quienes, pese a tenerlo cerca, todavía no encuentran la manera de llegar.

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