El mapa invisible

Una persona sale a correr. Antes de cerrar la puerta, el reloj ya busca el GPS. Durante el recorrido registra la distancia, el ritmo, el desnivel y las pulsaciones. La aplicación compara el esfuerzo con sesiones anteriores, sitúa la actividad en un mapa y quizá la comparte con otras personas.

Cuando regresa a casa ha completado dos recorridos. Uno por la ciudad. Otro por los datos.

Ese doble recorrido estará en el centro de la conferencia que impartiré en septiembre en Tomar, dentro del Congresso do Desporto do Médio Tejo. La edición de 2026, que se celebrará entre el 18 de septiembre y el 3 de octubre, incluirá la inteligencia artificial aplicada al deporte entre sus temas de debate. Para esta conferencia recupero un título que ya he utilizado antes: «ALMA & DADO: dados, algoritmos e políticas desportivas».

Recupero este título porque contiene una tensión deliberada. El dato sin alma puede ser muy preciso y profundamente torpe. El alma sin dato corre el riesgo de convertirse en intuición, costumbre o interés particular disfrazado de sensibilidad social. Entre ambos extremos se encuentra el territorio incómodo de las políticas públicas.

El deporte siempre ha producido datos. Goles, tiempos, distancias, clasificaciones, récords. La diferencia es que antes los datos describían principalmente el resultado. Ahora acompañan la actividad, condicionan la experiencia y, en ocasiones, empiezan a dirigirla.

La persona que corre ya no se mueve únicamente por una calle. También avanza por un espacio digital que registra su recorrido, compara su rendimiento y propone el siguiente objetivo. Lo mismo sucede cuando alguien reserva una pista desde el teléfono, accede a una instalación mediante un código o pedalea en casa dentro de un escenario virtual. El espacio físico permanece, pero ya no cuenta toda la historia.

La ciudad también deja rastro. Los datos sociodemográficos y de salud permiten observar cómo se distribuyen la inactividad física o determinadas desigualdades. La información geolocalizada muestra la proximidad a instalaciones, parques y zonas verdes. Los registros de movilidad dibujan por dónde se camina, se corre o se pedalea. Los datos transaccionales ayudan a estimar qué gasto genera un evento.

Al superponer esas capas aparece un mapa mucho más detallado de la vida deportiva de una ciudad. Podemos detectar zonas con poca actividad, instalaciones saturadas, barrios mal conectados y recorridos que algunas personas evitan.

El mapa impresiona. También puede engañarnos.

Puede mostrar que una persona no pasa por un camino. No sabe por qué. Tal vez falte iluminación, exista una pendiente incómoda, haya demasiado tráfico o el lugar provoque inseguridad. El rastro indica dónde se interrumpe el recorrido. Para conocer la razón todavía hay que preguntar.

Aquí aparece el primer límite. Los datos observan comportamientos; las personas explican experiencias. Confundir ambas cosas conduce a políticas técnicamente sofisticadas y humanamente despistadas. Algo bastante más frecuente de lo que admitirán nuestros cuadros de mando.

El mapa permite alejar la mirada y descubrir patrones colectivos: flujos, horarios, espacios saturados o zonas infrautilizadas. Esa vista general resulta valiosa para planificar instalaciones e inversiones. Pero, cuando acercamos el zoom, las categorías empiezan a resquebrajarse.

Dos personas clasificadas como «inactivas» pueden vivir realidades completamente diferentes. Una dispone de tiempo, ingresos y un parque junto a casa. La otra encadena horarios laborales, responsabilidades de cuidado y desplazamientos diarios. El indicador las coloca en la misma casilla. La política deportiva no debería hacerlo.

Sucede algo parecido con la categoría «mayores de 65 años». Dentro caben personas que corren medias maratones, otras con limitaciones severas de movilidad, usuarios intensivos de tecnología y quienes necesitan ayuda para realizar una reserva digital. La edad permite ordenar una base de datos. No explica una vida.

La inteligencia artificial promete acercar mucho más el zoom. Con suficientes datos, los servicios deportivos podrían anticipar necesidades, personalizar recomendaciones y adaptar las propuestas a cada perfil. La perspectiva resulta atractiva. Hasta que preguntamos cuánto necesitamos saber sobre una persona para ofrecerle esa personalización.

Estamos pasando del dato declarado al dato observado. Antes preguntábamos cuánto había gastado alguien durante un evento; ahora podemos consultar las transacciones. Antes preguntábamos por dónde corría; ahora una aplicación registra el recorrido. La información gana precisión, pero la persona pierde parte del control sobre su propio relato.

Cuanto más detallado es el mapa, más fácil resulta reconocer a quien lo recorre. Y ese es precisamente el punto de inflexión que introduce la dimensión política del dato en el deporte: ya no hablamos solo de rendimiento o planificación, sino de trazabilidad de comportamientos cotidianos.

Anonimizar los datos es imprescindible, aunque no suficiente. Hay que decidir qué información se recoge, quién puede utilizarla, durante cuánto tiempo y con qué finalidad. En algún punto dejamos de hablar de servidores y empezamos a hablar de derechos. Conviene no delegar esa conversación en el departamento informático. Y es precisamente desde esa responsabilidad que surge la siguiente cuestión.

También debemos preguntarnos quién posee el mapa. Las administraciones acumulan información en aplicaciones, sensores, tornos de acceso y sistemas de gestión que muchas veces no se comunican. Un departamento puede desconocer unos datos que otra unidad municipal consulta a diario. No falta información. Faltan conexiones, acuerdos y una idea compartida sobre para qué utilizarla. Esta fragmentación no es un problema técnico menor, sino una de las principales barreras para convertir los datos en políticas públicas coherentes.

Por eso los proyectos de datos abiertos y las estrategias de interoperabilidad son, en realidad, proyectos de gobernanza. Hace falta tecnología, claro. Pero el principal esfuerzo consiste en conseguir que las organizaciones compartan información de forma estable, comparable y útil. La última versión del software suele ser más sencilla que la primera conversación entre departamentos. Y sin esa conversación, el mapa nunca llega a ser realmente común.

Supongamos que conseguimos ordenar todos esos datos. El algoritmo ya puede analizar el mapa y proponernos la mejor ruta. Surge entonces una pregunta bastante elemental: ¿mejor para llegar adónde?

Una aplicación puede señalar la ubicación óptima para una nueva instalación. Sin embargo, alguien deberá definir qué significa «óptima». Puede ser el lugar que atraiga a más usuarios, el que reduzca las desigualdades territoriales, el que cueste menos o el que produzca un mayor impacto sobre la salud. El cálculo pertenece al algoritmo. El objetivo, todavía, a la política. Y es en esa separación donde se juega buena parte del sentido de las políticas deportivas contemporáneas.

La tecnología no elimina las decisiones. A veces se limita a esconderlas detrás de una fórmula.

Mientras afinamos los sistemas de seguimiento y personalización, comienza a percibirse una reacción en sentido contrario. Hay personas que quieren correr sin publicar el recorrido, caminar sin contar los pasos y jugar sin transformar cada movimiento en un indicador. Es lo que he llamado el efecto vinilo: el deseo de recuperar prácticas sencillas, orgánicas y poco mediadas por pantallas.

Puede que no sea rechazo a la tecnología. Tal vez sea una defensa de la autonomía y del derecho a no dejar rastro.

Las políticas deportivas tendrán que moverse entre esas dos aspiraciones: aprovechar los datos para comprender mejor las necesidades y preservar espacios donde no todo tenga que ser registrado, comparado y optimizado. Una aplicación puede facilitar el acceso a un servicio. Si se convierte en la única entrada, también puede levantar una barrera.

De este recorrido hablaré en Tomar. Del cuerpo que se mueve por la ciudad y del rastro digital que va dejando. De lo que ese rastro permite conocer, de lo que nunca llegará a explicar por sí solo y del poder que adquiere quien sabe interpretarlo.

El dato puede dibujar el mapa. La política debe elegir el camino. El alma sirve para recordar por qué queríamos llegar.

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